Cuando era niño y enfermaba, me ponía muy nervioso.
No por la fiebre o el dolor, sino porque mi cabeza empezaba a debatir ideas angustiosas sobre la muerte.
Eso hacía que el tiempo de enfermedad fuese una tortura. Solo descansaba cuando el sueño me vencía.
Llevo unos días sintiéndome exactamente igual.
Mi cuerpo ha decidido parar, pero mi cabeza sigue dando vueltas a mil revoluciones por minuto.
La diferencia es que ahora no pienso en la muerte.
Pienso en ideas.
Ideas nuevas, enfoques distintos y estrategias que quiero poner en práctica en cuanto mi cuerpo me dé una tregua.
Por eso los emails no están saliendo a la hora habitual. Mi cuerpo no me deja.
Pero lo bueno de tener la cabeza a este ritmo es que, cuando vuelva al 100%, voy a traer artillería pesada.
Toca esperar un poco.
Merecerá la pena.
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