Hay proyectos que son una obra de arte en el papel.
Estética impecable, detalles que parecen pensados por los dioses y un diseño que ganaría cualquier concurso de arquitectura.
Pero luego, entras a vivir y te mueres de frío.
O de calor.
O de ruido.
Resulta que en el confort no se pensó ni un minuto.
Se rechazaron las propuestas de mejora porque “afeaban” la visión del artista.
Y lo peor no es eso.
Lo peor llega cuando entras en obra.
Allí, los ajustes milimétricos del plano se topan con la realidad del ladrillo y el hormigón.
Surgen problemas.
Siempre surgen.
¿Y qué hace el arquitecto con el ego inflado?
Mira para otro lado.
Considera que todo estaba definido perfectamente y que, si algo falla, es culpa del que está a pie de cañón con las botas manchadas.
Bajar al barro a solucionar problemas parece que no va con su estatus.
En la construcción, como en la vida, nada es perfecto.
Lo adecuado no es tener el esquema mental más rígido, sino la humildad de reconocer que un plano es solo una ensoñación hasta que se ejecuta.
Los buenos profesionales no son los que tienen los planos más limpios, sino los que no rehúyen el conflicto cuando las cosas se tuercen.
Los que buscan una solución para cada problema, y no los que convierten cada solución en un problema porque no encaja en su dibujo.
En mi servicio de consultoría no vendo castillos en el aire.
Vendo realidad, criterio y la tranquilidad de saber que, cuando el papel mienta, yo estaré ahí para decirte la verdad y darte lo mejor de mi experiencia.
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