Dije que hoy te contaría la historia, y cumplo mi palabra.
Vamos a ello.
Mi padre era un fumador de raza.
De los que encendían el siguiente cigarrillo con la colilla del anterior pegada al labio.
Pasó su vida entre humo y tapicerías quemadas.
En su época, fumar era lo normal, lo que hacía un tipo hecho y derecho.
A pesar de que la ciencia ya empezaba a avisar de las consecuencias, él ignoraba el ruido externo.
Yo le machacaba a diario para que lo dejara porque odiaba ese olor.
Y estaba harto de respirar humo.
No conseguí nada.
A los 18 años empaqueté mis cosas y me fui a estudiar fuera.
Meses después, al regresar a casa... mi padre había colgado el hábito.
No hubo dramas ni parches.
Un día se levantó, tomó la decisión por sí mismo y se acabó.
Años de consejos e insistencia externa valieron menos que un segundo de convencimiento propio.
Nadie escarmienta en cabeza ajena.
Ni en la vida, ni a pie de obra.
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